Primeros apuntes: UBUD

Ya ha pasado algo más de un mes desde que llegué a Bali y todavía me parece mentira. Los días cada vez pasan más rápido y, aunque no ha sido tarea fácil, cada vez voy sintiéndome más at home. A pesar de ello, lo que vivo y veo a diario no deja de sorprenderme todavía. No pasa un día sin que se me escape un ¡Tú, tú, tú, qué canteo!, que nadie entiende y si lo entiende, es muy posible que se convierta en un nuevo compañero para los siguientes días. Teníais razón, chicos que habéis estado de Erasmus (y me habéis aguantado), las primeras semanas siempre son las peores 😉 .

Después de dejar Madrid sin parar de llorar, dejar a mi padre, a mi chico y a mi mejor amiga en el aeropuerto, chuparme casi un día de viaje y casi dos horas en coche, llegué a Bali. Lo primero que vi según llegué a mi homestay fue lo que tanto esperaba: tres maravillosas cucarachas dándome la bienvenida ¡Gracias!. Tras ellas, el chico del staff, que salió corriendo aún no sé con qué fin, ya que me hicieron compañía hasta el último día que estuve allí. Después de una noche espantosa, lo siguiente que recuerdo de Ubud es montarme en una moto rosa metalizada, el sueño de toda poligonera, ayudada por Putu, el señor que me la alquilaba. Y también, ayudada por todos los vecinos de la calle donde estuve aprendiendo que hacían sus apuestas por cuándo iba a estamparme. Los demás recuerdos de ese mismo día ya comenzaron a ser algo borrosos debido a un colega holandés y la marcha Ubudeña. Esa noche sí que conseguí dormir y, no sé ni cómo, despertarme con cierto espíritu aventurero. De las calles y de donde estaba no podría deciros nada, porque sería todo mentira, era un jaleo orientarse, pero sí que recuerdo a una panda de extranjeros andando descalzos (con la cantidad de mierda que tiene el suelo!) y vestidos con túnica larga. Estaba flipando, ¿qué clase de promesa a la Virgen habían hecho estos?

A partir de aquí, aunque no con poca dificultad, puse todo mi esfuerzo en dejar que el “Pelan, Pelan” calara en mi mente y por dejar que el famoso flow de la Isla  entrara dentro de mí.  Ahora, puedo decir con orgullo que todo esto ha ocurrido en mi hogar durante este mes: Ubud

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Ubud, es un pueblito que se encuentra a unos 45 kilómetros al norte de Denpasar, exactamente aquí, para que nadie se desoriente. Aproximadamente, tiene unos 30.000 habitantes y su nombre proviene de la palabra balinesa “Ubad”, que significa medicina, ya que en su día, era una fuente importante de hierbas y plantas medicinales. Medicinales, puntualizo, las otras están tan prohibidas que están penadas hasta de muerte si  te pillan con más de lo pertinente.

Cuando el equipo de Bali Internships me comentó que mi destino sería este, la idea no me entusiasmó demasiado. Mi idea era tener la playa cerca para poder hacer surf a diario. A pesar de ello, había que darle una oportunidad a este sitio, ya que además el trabajo pintaba más que bien. Ya os hablaré de mi curro más adelante.

Ubud, me pareció desde el principio muy distinto al Bali que ya había conocido el pasado año. Es un lugar que nada tiene que ver con otros centros turísticos de la isla, lo cual no quita que esté plagado de autobuses llenos de chinos y japoneses a diario. (¿Alguien entiende por qué hacen fotos con la Tablet?). Bueno, y quien dice asiáticos, dice cualquier tipo de guiri o “bule” como yo, que es como los locales nos llaman. Como decía, no tiene nada que ver, ya que parece que la parte turística no se está comiendo a la local a pasos tan agigantados como en otros puntos, si no que ambas tratan de convivir juntas y respetarse en la medida de lo posible. Podemos encontrar a una familia vendiendo comida en un puesto ambulante y cruzar la calle y tropezarte con un Starbucks, una tienda Ripcurl o una de Croqs. Aunque eso no quita que sea una convivencia del todo pacífica, ya que la posible apertura de un McDonalds en la zona está creando algo más que conversaciones entre los locales y propietarios de locales de hostelería. De todos modos, creo que con los años estará tan explotada como el resto.

Después del casi mes que he pasado en Ubud, creo que la palabra que la definiría es “PIHIPPIE” (trad: pija-hippie). Y es que, si te gusta practicar yoga e tener tu puntito hippie, Ubud es el lugar del mundo donde debes dirigirte. En cualquier lugar se ofrecen clases individuales, colectivas, impartidas por extranjeros, locales, en bahasa Indonesia o inglés. O incluso, fiestas en villas yogis  donde solo se puede beber agua y comer alguna fruta o verdura. A veces, si la cosa se desfasa, también se toma chocolate y, como buen afrodisiaco que es, al final todo acaba en una medio orgía piscinera…¡Muy heavy! Aunque he de decir que esto es solo un marujeo, yo no he tenido la oportunidad de confirmarlo. Fiestas a parte, también hay boutiques y tiendas donde venden ropa yogi muy cómoda y muy mona.  Todo muy Peace&Love,  es bien.

Con esto, y con el buen rollo y el ambiente relajado y artístico que por aquí se respira, podríamos decir que la parte hippie estaría cubierta. Me encanta pasear por Ubud y ver la cantidad de galerías y de artistas locales que hay. Estaría todo el día comprando estatuillas y mierdecitas varias en miniatura. Pero me corto, gracias a lo que se refiere a la parte más pijita. Se les pira con los precios. Detrás de esta parte bohemia también hay mucha pasta. Y ya no solo ellos, si no también muchos empresarios, extranjeros y parejas de jubilados que viajan atraídas por los buenos precios o que incluso se quedan para alejarse del stress. Esto no ha pasado inadvertido por hombres de negocios internacionales y por los vendedores locales, con lo que la construcción de casas de lujo, tiendas caras y restaurantes algo desmesurados en cuanto a precio, son aquí ya un habitual. Yo este primer mes, a pesar de haber intentado no pasarme, he palmado pasta por todos los lados. Y es que, en Ubud o comes local o la comida western (todo lo que no sea comida indo), se te pone por un pico.¡ Ah! Y tampoco es el mejor lugar para comprar regalitos, todo es más caro en general.

Pero, a pesar de este rollito pihippie, para los turistas working class, también tenemos bastantes planes majos para pasar dos o tres días:

Monkey Forest o Sagrado Templo de los Monos: Es una reserva natural en el que, además de poder ver trastear a los monetes, también podréis ver el ambiente de una ceremonia algún que otro día. Merece la pena acercarse en este momento, ya que la calle se colapsa de camiones llenos de locales, gente andando por la calle con las vestimentas tradicionales y el ambiente es muy del lugar. Pero, si a lo que vais es a ver a los monos, ¡NO LLEVÉIS NADA! Nada de nada de nada de nada. En serio. A mi uno intentó robarme la mochila de un modo bastante poco elegante hasta que una familia de brasileños apareció en mi rescate con un par de plátanos. Tampoco vayáis entre las 12 y las 3 porque están echándose la siesta y no hay tanta vidilla. El otro día leí por ahí que de tanto turista que les da de comer, la gran mayoría de los monos tiene sobrepeso. Es de risa.

Monkey Forest

Ubud Market: Es el mercado tradicional donde sí que podréis encontrar algún souvenir-ganga. No vais a poder andar más de 2 metros sin que os paren para ofreceros sarongs (pareos tradicionales), collares, ropa o cualquier tipo de cosa. También estad atentos a los regateos. Los locales saben que para nosotros sus precios son baratos, por los que nos los suben a lo loco, pero si tenéis un poquito de paciencia y le dedicáis el tiempo adecuado, al final conseguiréis cositas muy asequibles.

Ubud Market

Ubud Temple: Con mucha posibilidad no es el templo más espectacular de Bali, pero, personalmente, es uno de mis lugares preferidos.  Tiene un tamaño discreto pero una arquitectura supertrabajada y, en uno de los laterales, al lado de la entrada, hay un árbol enorme al que me gustaría poder subir alguna vez. Es un buen sitio para descansar después del turismo, charlar con los locales y seguro, para hacer yoga 😀

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Los campos de arroz: Aunque se distribuyen por todo Bali, los de Ubud son los que más fama tiene por su espectacularidad. Están a las afueras, como a unos 20 minutillos en moto. Merece la pena hacer parada por allí e incluso, si tenéis suerte, podréis ver a los locales como trabajan los campos. Muy entretenido.

Pero, sobre todo, aprovechad para pasear sin rumbo, ya que es uno de los pocos sitios que están habilitados para ello. Y también para disfrutar de una buena Bintang en alguno de sus garitos con música en directo. ¡No he encontrado ni una banda mala en Bali hasta el día de hoy! Pero, del tema garitos ya haremos una inmersión más profunda, sin duda alguna. Es un lugar especial, quizá porque ha sido mi primera parada en mi viaje, pero tiene algo. Gente amable, un ambiente relajado y un respeto enorme por la tradición creo que ayudan mucho. Yo desde que me he mudado reconozco que la echo bastante de menos!.

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Bueno, y creo que con esto, ya podemos comenzar. Eso sí, no os olvidéis de fumigaros hasta las orejillas con Relec cuando vengáis para acá. Al ser un lugar tan verde, los mosquitos no pican, ¡muerden!

Pelan, Pelan, coleguis!

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